Guión Radial
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ESCENA No.
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SONIDO/ EFECTO
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VOZ
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ENCARGADO
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1
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Canción
de entrada
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10 seg
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2
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Canción de misterio fondea
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Buenas noches una vez más nos encontramos en
“Los clásicos viven”, el día de hoy nos adentraremos en la oscura mente de
Edgar Allan Poe. Esto es “Corazón delator”. Disfrútenlo.
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FABIÁN
MORALES
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30seg
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3
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Sonido de goteo
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¡Es cierto! Siempre
he sido nervioso, muy nervioso, terriblemente nervioso. ¿Pero por qué afirman
ustedes que estoy loco? La enfermedad había agudizado mis sentidos, en vez de
destruirlos o embotarlos. Y mi oído era el más agudo de todos. Oía todo lo
que puede oírse en la tierra y en el cielo. Muchas cosas oí en el infierno.
¿Cómo puedo estar loco, entonces? Escuchen... y observen con cuánta cordura,
con cuánta tranquilidad les cuento mi historia.
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30 seg
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4
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Sonido de goteo
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Me es imposible
decir cómo aquella idea me entró en la cabeza por primera vez; pero, una vez
concebida, me acosó noche y día. Yo no perseguía ningún propósito. Ni tampoco
estaba colérico. Quería mucho al viejo. Jamás me había hecho nada malo. Jamás
me insultó. Su dinero no me interesaba. Me parece que fue su ojo. ¡Sí, eso
fue! Tenía un ojo semejante al de un buitre... Un ojo celeste, y velado por
una tela. Cada vez que lo clavaba en mí se me helaba la sangre. Y así, poco a
poco, muy gradualmente, me fui decidiendo a matar al viejo y librarme de
aquel ojo para siempre.
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50 seg
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5
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Sonido de goteo.Sonido de pasos
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Presten atención ahora. Ustedes me toman por loco. Pero los locos no
saben nada. En cambio... ¡Si hubieran podido verme! ¡Si hubieran podido ver
con qué habilidad procedí! ¡Con qué cuidado... con qué previsión... con qué
disimulo me puse a la obra! Jamás fui más amable con el viejo que la semana
antes de matarlo. Todas las noches, hacia las doce, hacía yo girar el
picaporte de su puerta y la abría... ¡oh, tan suavemente! Y entonces, cuando
la abertura era lo bastante grande para pasar la cabeza, levantaba una
linterna sorda, cerrada, completamente cerrada, de manera que no se viera
ninguna luz, y tras ella pasaba la cabeza. ¡Oh, ustedes se hubieran reído al
ver cuán astutamente pasaba la cabeza! La movía lentamente... muy, muy
lentamente, a fin de no perturbar el sueño del viejo. Me llevaba una hora
entera introducir completamente la cabeza por la abertura de la puerta, hasta
verlo tendido en su cama. ¿Eh? ¿Es que un loco hubiera sido tan prudente como
yo? Y entonces, cuando tenía la cabeza completamente dentro del cuarto, abría
la linterna cautelosamente... ¡oh, tan cautelosamente! Sí, cautelosamente iba
abriendo la linterna (pues crujían las bisagras), la iba abriendo lo
suficiente para que un solo rayo de luz cayera sobre el ojo de buitre. Y esto
lo hice durante siete largas noches... cada noche, a las doce... pero siempre
encontré el ojo cerrado, y por eso me era imposible cumplir mi obra, porque
no era el viejo quien me irritaba, sino el mal de ojo. Y por la mañana,
apenas iniciado el día, entraba sin miedo en su habitación y le hablaba
resueltamente, llamándolo por su nombre con voz cordial y preguntándole cómo
había pasado la noche. Ya ven ustedes que tendría que haber sido un viejo muy
astuto para sospechar que todas las noches, justamente a las doce, iba yo a
mirarlo mientras dormía.
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1:30 seg
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6
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Sonido de tensión, puerta abriéndose de a
poco, quejidos
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Al llegar la octava noche, procedí con mayor cautela que de costumbre
al abrir la puerta. El minutero de un reloj se mueve con más rapidez de lo
que se movía mi mano. Jamás, antes de aquella noche, había sentido el alcance
de mis facultades, de mi sagacidad. Apenas lograba contener mi impresión de
triunfo. ¡Pensar que estaba ahí, abriendo poco a poco la puerta, y que él ni
siquiera soñaba con mis secretas intenciones o pensamientos! Me reí entre
dientes ante esta idea, y quizá me oyó, porque lo sentí moverse
repentinamente en la cama, como si se sobresaltara. Ustedes pensarán que me
eché hacia atrás... pero no. Su cuarto estaba tan negro como la pez, ya que
el viejo cerraba completamente las persianas por miedo a los ladrones; yo
sabía que le era imposible distinguir la abertura de la puerta, y seguí
empujando suavemente, suavemente.
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50seg
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7
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Sonido de un click
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Había ya pasado la
cabeza y me disponía a abrir la linterna, cuando mi pulgar resbaló en el
cierre metálico y el viejo se enderezó en el lecho, gritando:
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10 seg
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8
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Música de tensión
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-¿Quién está ahí?
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2 seg
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9
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Sonido de las manecillas de un reloj
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Permanecí inmóvil, sin decir palabra. Durante una hora entera no moví
un solo músculo, y en todo ese tiempo no oí que volviera a tenderse en la
cama. Seguía sentado, escuchando... tal como yo lo había hecho, noche tras
noche, mientras escuchaba en la pared los taladros cuyo sonido anuncia la
muerte.
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20 seg
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10
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quejido
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Oí de pronto un leve quejido, y supe que era el quejido que nace del
terror. No expresaba dolor o pena... ¡oh, no! Era el ahogado sonido que brota
del fondo del alma cuando el espanto la sobrecoge. Bien conocía yo ese
sonido. Muchas noches, justamente a las doce, cuando el mundo entero dormía,
surgió de mi pecho, ahondando con su espantoso eco los terrores que me
enloquecían. Repito que lo conocía bien. Comprendí lo que estaba sintiendo el
viejo y le tuve lástima, aunque me reía en el fondo de mi corazón. Comprendí
que había estado despierto desde el primer leve ruido, cuando se movió en la
cama. Había tratado de decirse que aquel ruido no era nada, pero sin
conseguirlo. Pensaba: "No es más que el viento en la chimenea... o un
grillo que chirrió una sola vez". Sí, había tratado de darse ánimo con
esas suposiciones, pero todo era en vano. Todo era en vano, porque la Muerte
se había aproximado a él, deslizándose furtiva, y envolvía a su víctima. Y la
fúnebre influencia de aquella sombra imperceptible era la que lo movía a
sentir -aunque no podía verla ni oírla-, a sentir la presencia de mi cabeza
dentro de la habitación.
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1:00 min
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11
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Sonido del desliz de un dedo sobre tela
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Después de haber esperado largo tiempo, con toda paciencia, sin oír
que volviera a acostarse, resolví abrir una pequeña, una pequeñísima ranura
en la linterna.
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15 seg
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12
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Así lo hice -no
pueden imaginarse ustedes con qué cuidado, con qué inmenso cuidado-, hasta
que un fino rayo de luz, semejante al hilo de la araña, brotó de la ranura y
cayó de lleno sobre el ojo de buitre.
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20 seg
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13
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Respiración agitada (fondeo)
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Estaba abierto,
abierto de par en par... y yo empecé a enfurecerme mientras lo miraba. Lo vi
con toda claridad, de un azul apagado y con aquella horrible tela que me
helaba hasta el tuétano. Pero no podía ver nada de la cara o del cuerpo del
viejo, pues, como movido por un instinto, había orientado el haz de luz
exactamente hacia el punto maldito.
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25 seg
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14
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¿No les he dicho ya
que lo que toman erradamente por locura es sólo una excesiva agudeza de los
sentidos? En aquel momento llegó a mis oídos un resonar apagado y presuroso,
como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Aquel sonido también
me era familiar. Era el latir del corazón del viejo. Aumentó aún más mi
furia, tal como el redoblar de un tambor estimula el coraje de un soldado
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40 seg
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15
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Latir de un corazón cada vez más fuerte y mas
fuerte. Alarido. El sonido del latir
del corazón se va haciendo mas leve a medida que el viejo se muere
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Pero, incluso
entonces, me contuve y seguí callado. Apenas si respiraba. Sostenía la
linterna de modo que no se moviera, tratando de mantener con toda la firmeza
posible el haz de luz sobre el ojo. Entretanto, el infernal latir del corazón
iba en aumento. Se hacía cada vez más rápido, cada vez más fuerte, momento a
momento. El espanto del viejo tenía que ser terrible. ¡Cada vez más fuerte,
más fuerte! ¿Me siguen ustedes con atención? Les he dicho que soy nervioso.
Sí, lo soy. Y ahora, a medianoche, en el terrible silencio de aquella antigua
casa, un resonar tan extraño como aquél me llenó de un horror incontrolable.
Sin embargo, me contuve todavía algunos minutos y permanecí inmóvil. ¡Pero el
latido crecía cada vez más fuerte, más fuerte! Me pareció que aquel corazón
iba a estallar. Y una nueva ansiedad se apoderó de mí... ¡Algún vecino podía
escuchar aquel sonido! ¡La hora del viejo había sonado! Lanzando un alarido,
abrí del todo la linterna y me precipité en la habitación. El viejo clamó una
vez... nada más que una vez. Me bastó un segundo para arrojarlo al suelo y
echarle encima el pesado colchón. Sonreí alegremente al ver lo fácil que me
había resultado todo. Pero, durante varios minutos, el corazón siguió
latiendo con un sonido ahogado. Claro que no me preocupaba, pues nadie podría
escucharlo a través de las paredes. Cesó, por fin, de latir. El viejo había
muerto. Levanté el colchón y examiné el cadáver. Sí, estaba muerto,
completamente muerto. Apoyé la mano sobre el corazón y la mantuve así largo
tiempo. No se sentía el menor latido. El viejo estaba bien muerto. Su ojo no
volvería a molestarme.
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1:20 min
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16
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Sonidos de carpinteria
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Si ustedes continúan tomándome
por loco dejarán de hacerlo cuando les describa las astutas precauciones que
adopté para esconder el cadáver. La noche avanzaba, mientras yo cumplía mi
trabajo con rapidez, pero en silencio. Ante todo descuarticé el cadáver. Le
corté la cabeza, brazos y piernas.
Levanté luego tres planchas
del piso de la habitación y escondí los restos en el hueco. Volví a colocar
los tablones con tanta habilidad que ningún ojo humano -ni siquiera el suyo-
hubiera podido advertir la menor diferencia. No había nada que lavar...
ninguna mancha... ningún rastro de sangre. Yo era demasiado precavido para
eso. Una cuba había recogido todo... ¡ja, ja!
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1:00 min-
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17
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Toque de puerta
Descargo de un objeto
Cotilleo
Latir de un corazón casi imperceptible,
haciéndose más fuerte
Mas fuerte
Música de desesperación
llanto
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Cuando hube terminado mi tarea
eran las cuatro de la madrugada, pero seguía tan oscuro como a medianoche. En
momentos en que se oían las campanadas de la hora, golpearon a la puerta de
la calle. Acudí a abrir con toda tranquilidad, pues ¿qué podía temer ahora?
Hallé a tres caballeros, que
se presentaron muy civilmente como oficiales de policía. Durante la noche, un
vecino había escuchado un alarido, por lo cual se sospechaba la posibilidad
de algún atentado. Al recibir este informe en el puesto de policía, habían
comisionado a los tres agentes para que registraran el lugar.
Sonreí, pues... ¿qué tenía que
temer? Di la bienvenida a los oficiales y les expliqué que yo había lanzado
aquel grito durante una pesadilla. Les hice saber que el viejo se había
ausentado a la campaña. Llevé a los visitantes a recorrer la casa y los
invité a que revisaran, a que revisaran bien. Finalmente, acabé
conduciéndolos a la habitación del muerto. Les mostré sus caudales intactos y
cómo cada cosa se hallaba en su lugar. En el entusiasmo de mis confidencias
traje sillas a la habitación y pedí a los tres caballeros que descansaran
allí de su fatiga, mientras yo mismo, con la audacia de mi perfecto triunfo,
colocaba mi silla en el exacto punto bajo el cual reposaba el cadáver de mi
víctima.
Los oficiales se sentían
satisfechos. Mis modales los habían convencido. Por mi parte, me hallaba
perfectamente cómodo. Sentáronse y hablaron de cosas comunes, mientras yo les
contestaba con animación. Mas, al cabo de un rato, empecé a notar que me
ponía pálido y deseé que se marcharan. Me dolía la cabeza y creía percibir un
zumbido en los oídos; pero los policías continuaban sentados y charlando. El
zumbido se hizo más intenso; seguía resonando y era cada vez más intenso.
Hablé en voz muy alta para librarme de esa sensación, pero continuaba lo
mismo y se iba haciendo cada vez más clara... hasta que, al fin, me di cuenta
de que aquel sonido no se producía dentro de mis oídos.
Sin duda, debí de ponerme muy
pálido, pero seguí hablando con creciente soltura y levantando mucho la voz.
Empero, el sonido aumentaba... ¿y que podía hacer yo? Era un resonar apagado
y presuroso..., un sonido como el que podría hacer un reloj envuelto en
algodón. Yo jadeaba, tratando de recobrar el aliento, y, sin embargo, los
policías no habían oído nada. Hablé con mayor rapidez, con vehemencia, pero
el sonido crecía continuamente. Me puse en pie y discutí sobre insignificancias
en voz muy alta y con violentas gesticulaciones; pero el sonido crecía
continuamente. ¿Por qué no se iban? Anduve de un lado a otro, a grandes
pasos, como si las observaciones de aquellos hombres me enfurecieran; pero el
sonido crecía continuamente. ¡Oh, Dios! ¿Qué podía hacer yo? Lancé
espumarajos de rabia... maldije... juré... Balanceando la silla sobre la cual
me había sentado, raspé con ella las tablas del piso, pero el sonido
sobrepujaba todos los otros y crecía sin cesar. ¡Más alto... más alto... más
alto! Y entretanto los hombres seguían charlando plácidamente y sonriendo.
¿Era posible que no oyeran? ¡Santo Dios! ¡No, no! ¡Claro que oían y que
sospechaban! ¡Sabían... y se estaban burlando de mi horror! ¡Sí, así lo pensé
y así lo pienso hoy! ¡Pero cualquier cosa era preferible a aquella agonía!
¡Cualquier cosa sería más tolerable que aquel escarnio! ¡No podía soportar
más tiempo sus sonrisas hipócritas! ¡Sentí que tenía que gritar o morir, y
entonces... otra vez... escuchen... más fuerte... más fuerte... más fuerte...
más fuerte!
-¡Basta ya de fingir,
malvados! -aullé-. ¡Confieso que lo maté! ¡Levanten esos tablones! ¡Ahí...
ahí!¡Donde está latiendo su horrible corazón!
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2:00 min
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18
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Impresionante
historia, te corta la respiración al leerla, te produce sensaciones de
pánico, simplemente una obra genial de un maestro como lo es Allan Poe.
Espero hayan disfrutado la narración al igual que yo y los espero en el
próximo programa de “los clásicos viven”
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Fabián
Morales
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15 seg
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